Cansancio mental en la pandemia. Un año después.

Tras un año desde el comienzo de la pandemia del COVID-19 y la implementación de medidas; primero el confinamiento general y posteriormente las limitaciones y normas de seguridad para tratar de paliar la propagación del virus,  se genera en la población, una sensación de incertidumbre y desesperanza, que parece no tener fin. En estos últimos días son muchas las personas, que reflejan su lucha con este otro gran enemigo: el cansancio.

Son todas estas limitaciones impuestas, restricciones y sobre todo, la incertidumbre que nos rodea asociada a la falta de control,  lo que genera una fatiga mental, cada vez más difícil de poder manejar e incluso sostener.

Es en estos momentos, cuando nuestro estado de ánimo comienza a desfallecer, la adaptación a un futuro “incierto” empieza a languidecer, las sensaciones corporales,  muchas veces escuchadas de: «nos falta el aire”, «no tengo fuerzas» y  más preocupante, la sensación de que lo que se realiza o emprende no tiene sentido, ni propósito vital, llegando a conformar el denominado  cansancio mental o  “fatiga pandémica” (OMS, 2020),  producto del estrés prolongado que venimos padeciendo.

Algunas personas expresan su sentimiento de desilusión y decaimiento al llegar el año 2021 y seguir inmersos en un continuo de malas noticias y confusión, cuando tenían la esperanza de observar un cambio propiciado por el inicio de la aplicación de vacunas masivas en nuestra sociedad.

Sintomatología y respuestas al agotamiento mental.

Después de un año, la pandemia pone de manifiesto que un 80% de enfermeras presentan síntomas de ansiedad en nuestro país, y la mitad de los profesionales sanitarios presentan un riesgo alto de padecer trastorno mental. Así mismo, la Oficina del Censo de Estados Unidos realiza encuestas semanales sobre la salud mental, mostrando a finales de noviembre que un 69% de los encuestados sufrían síntomas de nerviosismo, ansiedad y sensación de sentirse al límite.  Al inicio de la pandemia el porcentaje se situaba en el 25%. El daño es evidente y los datos así lo evidencian.

De manera general, si no han aparecido con anterioridad,  se pueden desarrollar patrones sintomatológicos de estados de ánimo bajo, depresión, falta de motivación y atención. Nos alejamos de la esperanza y la ilusión, dando paso a la tristeza y a la preocupación, que desembocan en conductas disfuncionales relacionadas en muchos casos con mal uso y abuso de tecnologías, sustancias tóxicas, fármacos, alimentación o sueño, entre otras, además de otros síntomas psicosomáticos que iremos desarrollando.

A continuación, se enumeran algunas posibilidades de reacción o comportamientos más comunes,  en relación a estas circunstancias.

  • Tendencia al aislamiento.

La respuesta de algunas personas es no querer hablar del tema y dejar de escuchar las noticias. «Se vuelven ariscas», e incluso se llega a hablar del nuevo modelo de personalidad «huraño» resultado de la pandemia. Se aíslan en actividades o hobbies personales que les satisfacen individualmente».  En ocasiones desarrollan incluso «pensamientos mágicos», a la espera de que venga alguien a salvarnos.

  • Excesivo control.

En otros casos y en el otro extremo sucede, al contrario. Ciertas personas se obsesionan, siguen a cada instante la evolución del problema, a la espera de la noticia o la señal de un cambio inmediato.  Este tipo de personas son excesivamente rigurosas con las medidas recomendadas por las autoridades.  Por ello sus conductas presentan mayor inquietud y ansiedad, al querer controlar todas las variables que rodean a la situación, llegando a tener un carácter “patológico”.

  • La habituación conductual.

Hay un grupo de personas que están aprendiendo conductas, que les llevan a sentir una «falsa» relajación ante el afrontamiento al virus. Piensan que si después de un año, no han sido contagiadas, porque van a infectarse ahora. Aunque no lo niegan, se confían más y dejan de tomar muchas de las medidas preventivas iniciadas en un principio, como salir a realizar ejercicio sin mascarilla o exponerse en sitios públicos sin ella.

  • Orientación a la negación.

Una cuarta reacción lleva a personas a negar las dificultades y hasta la existencia del virus. Surge entonces «un pensamiento paralelo». Este comportamiento se manifiesta en las fiestas y otros eventos multitudinarios y también en las acciones de protesta, en las cuales es difícil separar las reclamaciones contra la gestión política de la necesidad de descarga de la ansiedad acumulada.

En personas mayores encontramos un cuadro sintomatológico más grave aún ante el aislamiento y la soledad impuesta. El miedo al contagio, escuchar continuamente las malas noticias, la poca o nula movilidad, llevan a cronificar «cuadros» de deterioros cognitivo, demencias, ansiedad, irritabilidad emocional, y depresiones. Se agudizan enfermedades psicosomáticas como artrosis, enfermedades cardiovasculares, musculares, respiratorias, obesidad, diabetes y enfermedades auto- inmunes entre otras, que se suman al hecho de no ser atendidos adecuadamente por los médicos especialistas, al encontrarse saturados los centros sanitarios y hospitales.

Desde la Psicología, cómo se puede explicar.

En este año hemos pasado del miedo al agotamiento, de la esperanza a la frustración. La piscología puede ayudar a explicar dichos estados, en base a los siguientes conceptos:

El estrés continuado.

De acuerdo con la teoría nuclear de Hans Selye (1956), el síndrome general de adaptación (GAS), se puede afirmar que todos los patrones expuestos con anterioridad, se conjugan dentro de la normalidad. Este autor explica que el estrés negativo aparece cuando una persona es sometida a unas dosis de estrés acumulada, que supera su umbral óptimo de adaptación. De esta manera el organismo empieza a manifestar señales de agotamiento.

El Síndrome de Adaptación General de Selye, aplicado al tema de la pandemia, se basa en la respuesta del organismo ante una situación de estrés ambiental distribuida en tres fases o etapas:

1.- Fase de alarma. Ante la percepción de una posible situación de estrés, el organismo empieza a desarrollar una serie de alteraciones de orden fisiológico, psicológico (ansiedad, inquietud, etc.)  que predisponen a la persona para enfrentarse a la situación estresante.

2. -Fase de resistencia. Supone la fase de adaptación a la situación estresante. En ella se desarrollan un conjunto de procesos fisiológicos, cognitivos, emocionales y comportamentales destinados a «adaptar la situación de estrés, de la manera menos lesiva para la persona.

3.- Fase de agotamiento. Si la fase de resistencia fracasa, es decir, si los mecanismos de adaptación no resultan eficientes, se entra en la fase de agotamiento donde los trastornos fisiológicos, psicológicos y psicosociales tienden a ser crónicos o irreversibles. Es la fase en la que muchas personas se ven inmersas, un año después de iniciarse la fase de alarma.

Lo que sucede al no tener estrategias emocionales de afrontamiento adecuadas,  es que el cuerpo suma sensaciones de agotamiento, junto a sentimientos de despersonalización y desilusión, resultando la sintomatología descrita.

El hecho que explica este grado de vulnerabilidad y que no todas las personas lo afronten de igual manera, es que depende de numerosos factores como son el perfil psicológico personal,  experiencias vividas, grado óptimo de resiliencia y apoyos emocionales y ambientales adecuados, entre otros.

El miedo.

El miedo es una sensación que lo invade todo. De hecho, cuando la Covid-19, hizo su aparición de esa manera imprevista, sorprendiéndonos a todos, la primera reacción de la sociedad fue la del bloqueo, es normal, no estábamos preparados, no sabíamos lo que debíamos o teníamos que hacer, nunca habíamos vivido una situación parecida de dicha magnitud y similares características.  Es evidente que la primera ola, mantuvo a la sociedad “paralizada” y la empujó a vivir una experiencia colectiva que consistía en aunar esfuerzos para combatir a ese “monstruo desconocido”. Pero a medida que el problema se conoce mejor, el temor se ha ido atenuando, hasta derivar en un estado individual de alerta permanente que lejos de generar optimismo, lo que provoca es agotamiento psicológico, frustración, desilusión y hartazgo ante las circunstancias.

El desánimo.

Es un hecho que el paso del tiempo impide no poder llevar a cabo nuestras actividades diarias gratificantes, como ir al gimnasio o a la biblioteca con normalidad o planificar de la manera que lo hacíamos habitualmente. Estos hechos junto con la reducción de actividades sociales y ocio y la incertidumbre que ello genera, conducen al desánimo y la desmotivación. Existe una percepción social de falta de alegría, enfado y rabia como emociones dominantes.

Otras emociones que rodean al desánimo, es la frustración y la rabia, al sentir que no se está haciendo todo lo necesario, aludiendo a la irresponsabilidad y a la búsqueda de culpables en esta situación y que se traducen en ira y violencia en algunos casos puntuales.

 Consejos para ayudar a aliviar el cansancio mental y emocional.
  • Seguir en el continuum de alerta e hipervigilancia, puede llegar a desbordarnos, como hemos indicado, es importante detectar estas señales y síntomas descritos, nadie mejor que nosotros conoce nuestro cuerpo y buscar ayuda médica o psicológica, es lo mejor para no empeorar o cronificar dichos estados disfuncionales.
  • Aprender a manejar la “defusión cognitiva”, ante pensamientos que nos crean inquietud y desasosiego, debemos preguntarnos sin son ciertos y contemplarlos como lo que realmente son, pensamientos, y no como hechos irrefutables de la realidad, en pocas palabras se trata de normalizar lo que sentimos.
  • Generar una alimentación equilibrada y consciente, rica en alimentos con triptófanos y vitamina D.
  • Descansar y dormir adecuadamente.
  • Seguir dedicando unos minutos al día a la actividad física. El ejercicio y el deporte ayudan a descargar la ansiedad acumulada y combatir el agotamiento mental y el decaimiento.
  • Existe, como también hemos señalado, sobresaturación informativa, no debemos obsesionarnos ni estar pendientes continuamente de las malas noticias, se debe alternar con otras emisiones en televisión: series, films de estilo más lúdico, limitando el tiempo dedicado a atender esa información; la mayoría de las veces de corte “sensacionalista” y generadora de polémicas sociales.
  • Evitar el aislamiento social, utilizando de manera sana las plataformas de comunicación e internet, somos la sociedad de la comunicación tecnológica, debemos aprovecharla en pro de nuestro bienestar emocional.
  • Desarrollar momentos de evasión o momentos “mindfull”, donde primen tareas que nos creen bienestar: lectura, cocina, pintura, escuchar música, escritura creativa o hobbies en general.
  • Fomentar espacios de relajación y autocuidado: baños relajantes, prácticas de meditación o mindfulness.
  • Desarrollar espacios familiares dedicados a la conversación, juegos y actividades con intereses afines para todos.
  • Cuando sintamos la necesidad de que algo nos preocupa o “agobia”, llamar a familiares y amigos y compartir dicho desasosiego, expresar emociones ayuda a disminuir el sufrimiento emocional.
  • Ser conscientes de nuestras fortalezas y fomentarlas en los momentos que nos resulten más difíciles.
  • Vivir y disfrutar del presente, sin plantearnos cuestiones que quedan más allá y fuera de nuestro control.
Referencias:
  • Jericó, P. (2021). Reducir la fatiga pandémica. Blog El País. Recuperado de https://elpais.com/elpais/2021/01/08/eps/1610126355_684003.html
  • Selye, H. (1956). The stress of life. New York: McGraw-Hill.
"El bienestar y la salud son un deber, de otra manera no podríamos nuestra mente fuerte y clara". Buda.
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Acerca de Mayte Vázquez

Psicóloga de Trabajo y RRHH, durante 30 años, Psicóloga sanitaria (hace cuatro años): Formación, y psicoterapia. Programa Mindfulness en mayores.

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4 comentarios en «Cansancio mental en la pandemia. Un año después.»

    1. Muchísimas gracias, totalmente de acuerdo. Aunando esfuerzos todos juntos para ayudar y gestionar de la manera más adaptativa, sin olvidar la prevención y la concienciación del problema. Un abrazo.

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