Dioses en el banquillo

Fútbol

En los últimos meses las sociedades se han visto doblegadas por un ser tan ínfimo que ni siquiera llega a la categoría de vida. Frente al él han cerrado filas un asombroso grupo de héroes; sanitarios al principio, al que la misma sociedad fue incorporando por méritos propios a fuerzas y cuerpos de seguridad, cajeros, reponedores, basureros, y un largo etcétera de personas al servicio de los demás. No faltó quien se quejó de los astronómicos sueldos de los futbolistas frente a los de los verdaderos héroes, invitando a la reflexión.

Ahora que vamos retomando la cotidianeidad, aquellos que ocupaban lugares idolatrados se encuentran en la incómoda situación de reconocer que quizá no eran tan divinos. Los valientes lo hacen con arrojo: tengo miedo, no voy a cobrar por no trabajar, respetadme (https://www.sport.es/es/noticias/television/increible-testimonio-fali-jugador-del-cadiz-que-niega-jugar-por-miedo-coronavirus-7953324). Otros se revuelven furiosos al sentirse señalados (https://www.europapress.es/deportes/futbol-00162/noticia-deeney-lamenta-amenazas-hijo-no-entrenar-miedo-coronavirus-20200528145406.html).

El miedo es una cuestión biológica y adaptativa, no tiene nada de particular; nos ayuda a sobrevivir al prevenirnos contra situaciones exponencialmente peligrosas. ¿Por qué entonces desconcierta el miedo de los jugadores de fútbol? Quizá por sesgos cognitivos, tan humanos como la especie. En 1920 el psicólogo estadounidense Edward L. Thorndike publicó sus conclusiones sobre el Efecto Halo, según el cual tendemos a atribuir virtudes a alguien que ya tenga alguna (Thorndike, E. L. (1920). A constant error in psychological ratings. Journal of Applied Psychology, 4 (1), pp. 25-29. doi: 10.1037/h0071663. Recuperado de:  http://psycnet.apa.org/index.cfm?fa=buy.optionToBuy&id=1920-10104-014). Así, si es famoso, deportista de éxito, atractivo… también es una persona con otros rasgos positivos, como el valor, la generosidad… Son muchos los efectos, pero mencionaré también el Efecto Estela, que yo misma publiqué en 2016, según el cual los jóvenes tienden a sentirse deslumbrados y seguir la estela de personalidades atractivas con rasgos narcisistas, pese a la posible incongruencia de sus postulados, lo que se da en la docencia, la política, los artistas… El fútbol nos muestra un puñado de deportistas de élite narcisistas y arrogantes con una amplia estela de seguidores.

No hace falta llegar a extremos, sin embargo; la mayoría de los futbolistas probablemente son personas acostumbradas a luchar por éxitos, vítores y aplausos. Y así, de repente, aquellos cuyo trabajo era demostrar que eran héroes, se han visto reclamando su condición humana, que se respete su miedo. Y a alguno desde fuera (que cada uno mire su interior) puede que le haya salido ese resentimiento propio de ver la debilidad en aquel al que envidiaba.

En España puede resultar más difícil reconocer el miedo, quizá una cuestión de raza (aunque en el ejército se suele decir aquello de “sangre que riega cojón no riega cerebro”, disculpadme la expresión). La Premier inglesa tiene más representantes entre sus filas que lo han hecho expreso, aunque no sé si esto es cosa de raza, ya que muchos son foráneos.  En cualquier caso los responsables saben que deben dar ese margen a sus jugadores, que son personas, y cuya confianza en sí mismos es en ocasiones tan vulnerable, que debilitarla puede poner en riesgo los resultados deportivos.

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