Salud mental y centros educativos: el valor de las distancias cortas

José Antonio Luengo Latorre 

@jaluengolatorre

Las relaciones entre salud mental y centros educativos son inexcusables. La salud mental de la infancia y de la adolescencia y la necesidad de la prevención de los desajustes y trastornos emocionales en esas etapas de la vida no son cosas de hoy, precisamente. Vienen de lejos. No hace falta sino revisar las numerosas alertas que profesionales, investigadores y sociedades científicas venían detallando un «futuro» sumamente inquietante. 

Pero, probablemente no encontremos un momento como este en mucho tiempo para ahondar de manera responsable en las necesidades de promover el bienestar en las personas y, por supuesto, prevenir, detectar e intervenir de modo preciso y proporcionado los desajustes emocionales y los trastornos psicológicos de la población.

Las crisis tienen, también, estas cosas. Habilitan la generación de respuestas extraordinarias a situaciones surgidas asimismo de modo extraordinario. Y, en ocasiones, devastador. Esta es una de ellas. Y, casi con toda seguridad, es la oportunidad más evidente para que, entre todos y todas, podamos colaborar con compromiso y sensibilidad en generar propuestas, planes y proyectos que abonen y  fertilicen el terreno de la revisión y reflexión sobre cómo afrontar estos retos (UNICEF, 2021) en los muy diferentes ámbitos en los que las personas nos desenvolvemos de forma cotidiana.

Pensar que la salud mental supone fundamentar su discurso exclusivamente en los sistemas, recorridos y recursos especializados supone afianzar una lectura simplista y escasamente integrada en las perspectivas y ópticas de abordaje actuales. Es imprescindible ahondar en los diferentes niveles y espacios de intervención ligado a los sistemas eficientes de prevención. Incorporando, por supuesto, la prevención primaria y secundaria de modo estable y planificado.

Es momento de actuar. Ya. Sin pausa, ni dilación

El momento es éste. Perder esta oportunidad para mejorar, marcada por la muy alta sensibilidad social al malestar, dolor y sufrimiento psicológico, representaría una irresponsabilidad imposible de justificar. Los efectos producidos por el confinamiento (no debemos perder de vista los impactos directos de esta inesperada y dura experiencia) y la pandemia en nuestros niños, niñas y adolescentes son difíciles de medir y tasar (La salud mental de niños y adolescentes tras un año de pandemia (El País, marzo 2021). 

Las evidencias de sus consecuencias están presentes de forma inquietante y, en ocasiones, dramática. La salud mental se “juega” en muchos espacios y escenarios. Y, en el caso, de nuestros chicos y chicas, especialmente. No supone exclusivamente un discurso a medir, calibrar y afrontar en los servicios especializados de los que dispone el Sistema Nacional de Salud y su cartera de servicios.

Reflexionar sobre nuestra salud mental supone pensar, también repensar, qué modelo de sociedad hemos creado, el valor de la equidad como respuesta a la vulnerabilidad y desigualdades, cómo vivimos, cuáles son las prioridades, cuáles los principios y valores que guían la vida cotidiana, nuestras rutinas e inercias.

Y el mundo que estamos dejando a los pies, y ante sus ojos, de nuestros niños, niñas y adolescentes. Es importante, claro, la apuesta por mejorar nuestro ordenamiento jurídico en materia de derechos, especialmente de los más desfavorecidos, Pero no basta, no debe bastarnos con el dictado de los boletines y la doctrina oficial. De cuánto de críticos seamos con lo que realmente estamos haciendo con nuestras vidas y el presente y futuro de la infancia y adolescencia depende el «norte» hacia el que nos dirigimos.

Revisar quiénes somos. Y quiénes queremos ser

Representa también un esfuerzo por revisar profundamente el código y modelo en el que asentamos nuestros modos y maneras de “hacer” educación en el día a día, en la cotidianeidad que vivimos en los espacios sociales, en las casas, en las escuelas; en las actividades compartidas, y en el corazón de las relaciones interpersonales que tejen y configuran la compleja red de interacciones, más o menos planificadas, que aproxima y muestra la realidad, intentando hacerla interpretable, compresible. También modificable.

Porque esto es cosa de todos y de todas. De lo que somos y por qué somos. Y también de lo que queremos ser. De la reflexión sobre el mundo que habitamos, las ciudades y espacios que construimos para estar y ser. De lo que hacemos con nuestras vidas. Del modelo y ejemplo que damos a los y las que crecen. Mirándonos. Siempre mirándonos. Aunque, a veces, y sobre todo a partir de determinada edad, no lo parezca.

 La salud mental se juega en el día a día y en las «distancias cortas»

La salud mental en la infancia y la adolescencia se juega, especialmente, en el día a día. En numerosos espacios y escenarios (Consultar Informe Crecer Saludablemente. Un análisis sobre la salud mental y el suicidio en la infancia y la adolescencia). Se «juega» en esas distancias cortas que marcamos los adultos y definen nuestros modos de relación, y, muy poco a poco, consiguen entrelazar las piezas del puzle que permita a niños, niñas y adolescentes entender quiénes son, qué quieren y por qué lo quieren. Y quiénes son los demás. Y el papel que tenemos, asimismo, en sus vidas. Pensando en sus necesidades y derechos.

Experiencias adversas y determinantes sociales de la salud

La Organización Mundial de la Salud anunciaba en septiembre de 2020 la necesidad de abordar de manera urgente y decidida el reto de la salud mental en la adolescencia. Las influencias negativas (Experiencias adversas en la infancia, Vega-Arce y Núñez-Ulloa, 2017) y los determinantes sociales de la salud  pueden marcar, desafortunadamente, una forma negativa de crecer y de atribuir sentido, realidad, tendencia y trayectoria a la vida. Y pueden orientar la mirada hacia la sensación de que no hay salida, la indefensión y hacia los preludios del desaliento y  la desesperanza.

Porque, no es infrecuente, más bien al contrario, el «de-dónde-venimos» lastra de manera sustantiva lo que nos espera. En palabras de Marino Pérez, «el código postal dice más de la salud de la gente que el código genético» (Redacción Médica, 2022).

Afianzar la mirada sensible y comprometida del sistema a esta realidad debe suponer una inaplazable acción combinada de los diferentes subsistemas que organizan y dan cuerpo a nuestra organización social.  E incorporar la “pedagogía de los cuidados (InteRED) en las propuestas organizativas de servicios de atención a infancia y adolescencia en imprescindible. En todo ámbito, sin duda; pero, en el sistema educativo resulta incuestionable.

La infancia y la adolescencia: contextos de vulnerabilidad

La infancia y la adolescencia son espacios de crecimiento marcados por la vulnerabilidad. Y precisamos una acción combinada y colaborativa, de carácter comunitario. Un buen ejemplo de la «vulnerabilidad no contemplada » lo encontramos en el modo en que se consideraron  las necesidades, y también los derechos de la infancia y la adolescencia durante los tiempos más difíciles de la pandemia que, con su particular virulencia, amenazaba nuestras vidas durante el tiempo de confinamiento. Desde el Consejo General de la Psicología de España (2020) se compartieron una serie de consideraciones que pretendían contribuir a reflexionar sobre y preservar el bienestar psicológico y la salud mental de los menores y sus familias.

Y sobre la toma de conciencia de lo que supone la vulnerabilidad y fragilidad psicológicas en estas etapas de la vida. Nuestros chicos y chicas  «han acusado, en plena fase de desarrollo, el zarpazo del confinamiento, las restricciones sociales, la incertidumbre y el empobrecimiento» (Víctor, G. Carrión. El País, 2022). 

En este contexto, uno de los espacios «privilegiados» para la acción es, con pocas dudas al respecto, el entorno educativo en el que nuestros niños, niñas y adolescentes pasan en torno a 6-7 horas al día y en torno a 175 días al año.

Los centros educativos: su relevancia y papel

El sistema educativo se enfrenta a desafíos de gran relevancia en el cumplimiento de los objetivos que le son marcados por el ordenamiento jurídico y las responsabilidades que tiene contraídas. Con pocas dudas al respecto, uno de ellos tiene que ver con la atención al desarrollo emocional del alumnado en los tiempos que nos toca vivir en la actualidad. Y también con la necesidad de incorporar en diferentes ámbitos, el diseño e implementación de planes para la gestión de las emociones y la prevención y detección de los trastornos emocionales y del estado de ánimo en el alumnado. Consultar: La prevención y detección de los desajustes y trastornos emocionales del alumnado. Guía y recursos para la elaboración de planes por los centros educativos (Luengo y Yévenes, 2021).

Representa sin duda una importante responsabilidad. Por supuesto, en el contexto de nuestro marco organizativo y funciones. Es necesario profundizar en la compleja tarea de acondicionar adecuadamente la práctica educativa a nuevos requerimientos, que ponen, han de poner el énfasis en la atención de la educación emocional y la prevención y detección de los desajustes emocionales de nuestros chicos y chicas. En cualquier caso, la gravedad de la situación no debería admitir tibiezas ni dudas.

El papel de las comunidades educativas

Los centros educativos se enfrentan nuevos retos. Y representa un hecho especialmente preocupante las características de la atención en salud mental a la infancia y la adolescencia en nuestro país (no solo cómo y cuánto se trata sino del porcentaje de casos de riesgo que pasan por recibir atención), parece existir suficiente acuerdo entre los especialistas en que la solución no pasa exclusivamente por el tratamiento en salud mental, como fórmula maestra para resolverlo todo, incluido el riesgo del comportamiento suicida entre adolescentes que, en nuestro país, se sitúa entre 1 y 2 por cada 100.000 habitantes.

Las comunidades educativas representan un espacio de enseñanza-aprendizaje en el que la relación interpersonal y los modelos de convivencia suponen un elemento esencial en el aprendizaje para la vida. El alumnado con trastornos emocionales y determinadas dificultades ligadas a la salud mental están en nuestros centros. Y se alimentan de las claves de gestión de las relaciones que operan en la convivencia cotidiana, en los modos de lectura e interpretación de la vida y en los modelos de trato, gestión de conflictos, consideración y respuesta a las eventualidades del día a día y capacidad para solicitar ayuda cuando no parecemos contar con recursos suficientes para superar determinadas experiencias vitales.

Superar las opciones «anecdóticas» de educación emocional en el sistema educativo

Traer las emociones al aula o cómo enseñar a los niños educación emocional: «No es una moda, es una necesidad» (La Sexta, enero 2020). Es importante que la educación emocional siente las bases desde el principio, desde la infancia, y que  sea una piedra angular de los centros educativos. De nada vale que sea algo anecdótico o que no forme parte de la idiosincrasia del centro educativo.

«Cuando hablamos de educación emocional estamos hablando de detectar y prevenir, y prevenir supone incorporar acciones en la cultura del centro (en lo que promueve el equipo directivo, en lo que se habla y debate en los claustros, en lo que se negocia con las AMPAS, en lo que se gestiona con los distintos agentes de la comunidad…) e incorporar por tanto un estilo de vida y de relaciones«. Porque «¿de qué sirve que yo tenga un programa para implementar en algunas aulas si luego los estilos de dirección o de acción o de desarrollo de la actividad docente o en estilos de relaciones entre padres y profesores, no se da este componente?».

La prevención de la violencia autoinfligida y del suicidio en la infancia y la adolescencia

La salud mental de nuestra infancia y adolescencia está seriamente amenazada. La prevención de los trastornos de la depresión, así como la prevención del suicidio en los centros educativos (Luengo 2020, COP Madrid) tiene suficiente tradición investigadora y evidencia científica. la prevención de la violencia autoinfligida y del suicidio (Luengo, 2019, COP Madrid) representan un reto inaplazable. Esta herida invisible (TVE, 2021) requiere de una mirada responsable y seria. Precisamos más datos e investigación. Nunca es suficiente.

Pero no podemos esperar más. El sufrimiento y el desajuste psicológico está ahí mismo, ante nuestros ojos. En las distancias cortas. En nuestras casas, el los pasillos y aulas, en los espacios de relación interpersonal físicos y virtuales. De nosotros depende. Abrir el foco, recrear la mirada, dejar de mirar hacia otro lado. Hablar de y afrontar las diferentes realidades («Hablemos de suicidio», COP Madrid). Y desde una perspectiva integrada y comunitaria (Al-Halabí, Papageno, 2022).

Revisando y repensando el papel que todos y todas tenemos en la consideración e interpretación de la vida de nuestros chicos y chicas,  su permanente lectura de la realidad, sus dudas, incertidumbres y zozobras. Sus «peleas con el mundo». Sus aparentes «desconexiones» de lo que los adultos consideramos razonable e importante. Y también sus miedos, sus caídas y recaídas. Y el modo en que les mostramos, o no, que estamos ahí. Incondicionalmente,

Mejoras imprescindibles en los centros educativos

Es imprescindible trascender y superar ya  lo anecdótico no estructural y dotar a los proyectos educativos de planes integrales que incorporen la educación emocional y la reflexión sobre el sufrimiento psicológico y el papel que desempeñamos todos sus miembros en las comunidades educativas en su prevención y, en su caso, pronta y eficiente detección. Y es, asimismo, imprescindible que los sistemas educativos doten a los centros  y  a las comunidades educativas de:

La necesaria formación del profesorado

Y, por supuesto, representa una acción indispensable repensar en los contenidos que son de referencia el diseño y desarrollo de los planes de formación del profesorado, tanto en su etapa de formación de grado como  en ejercicio (en los propios centros y en centros de específicos formación) y de las familias (Consejo Escolar del Estado, 2018).

Necesitamos generar nuevas perspectivas, renovados modos de interpretar el momento que nos toca vivir y las necesidades de formación para atenderlas adecuadamente; revisar críticamente los modelos, introducir contenidos y habilidades hasta ahora no contempladas. Aún parece quedar muy lejos el imprescindible consenso que garantice la estabilidad de un marco de formación para los próximos años y para la propia consideración de la profesión docente (Moncloa, 2022).

La consideración de los derechos de los niños, niñas y adolescentes

El momento para todas estas cuestiones es ya. Respuestas combinadas, integradas, con marco, contexto y esencia de acción comunitaria. «No podemos proteger a los niños y niñas de todo –hay trastornos mentales y de conducta difíciles de prevenir–, pero desde todos los sectores de la sociedad estamos obligados a dotarles de las herramientas y recursos más adecuados para enfrentarse a los problemas emocionales o psicológicos que les puedan afectar. No podemos olvidar que el derecho fundamental a la salud, recogido en todas nuestras cartas de derechos, incluye, irremediablemente, el derecho a la salud mental. Y la garantía de derechos a través de políticas públicas no puede depender de modas» (Save the Children, 2021).

La imprescindible «mirada global» y acción comunitaria

Es imprescindible actuar. Precisamos de un marco que integre de forma adecuada la reflexión y toma en consideración y medidas sobre los procesos que ponemos en marcha en nuestra organización social. Tales como:

  • Nuestro modo de vida, cultura, valores, ritmos y prioridades.
  • Los modelos educativos en el contexto familiar.
  • El papel de las familias en la generación de comunidades educativas participativas.
  • El papel de los centros educativos (y la incorporación orgánica en las plantillas de los centros de la especialidad de Psicología educativa).
  • La intervención en el marco de los servicios sociales (y la presencia de la Psicología en los modelos de atención social primaria).
  • El desarrollo de programas y la acción de los Ayuntamientos en la promoción del bienestar de la infancia, adolescencia y juventud.
  • Las acciones en la población infanto-adolescente de las Unidades de Salud Pública dependientes de las Comunidades autónomas.
  • La respuesta de salud comunitaria de la Atención Primaria ( y la imprescindible incorporación estructurada, integrada y estable de la Psicología en ella) y, por supuesto…
  • La atención especializada en salud mental (y el necesario crecimiento de plazas PIR y especialistas en Psicología Clínica y la creación de la especialidad en Psicología de la infancia y de la adolescencia).

Actuar de manera combinada. Los diferentes sistemas al servicio de las personas y la continuidad de los cuidados, No existe otro camino.

 

 

Print Friendly, PDF & Email

Un comentario en «Salud mental y centros educativos: el valor de las distancias cortas»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Ver más

  • Responsable: Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid.
  • Finalidad:  Moderar los comentarios.
  • Legitimación:  Por consentimiento del interesado.
  • Destinatarios y encargados de tratamiento:  No se ceden o comunican datos a terceros para prestar este servicio.
  • Derechos: Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional: Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.